September 26, 2021

HOMILIA EN LA BASILICA DE GUADALUPE

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Misa en náhuatl

13 de octubre de 2015

 

Hemos escuchado en el Evangelio que la Virgen María visitó a su prima Isabel, que pasaba los apuros propios de un difícil embarazo, por su ancianidad. La acompaña no unos momentos, por cortesía y cumplimiento, sino que se queda un buen tiempo, unos tres meses, para atenderla en sus necesidades. Lleva a Jesús en su seno, y es Jesús quien hace saltar de gozo a Juan, que aún estaba en el seno de Isabel (cf Lc 1,39-48).

 

Nuestro buen Padre Dios quiso que su Hijo no apareciera como un extraterreste, sino que naciera, por obra y gracia del Espíritu Santo, de una mujer, la Virgen María, como dice San Pablo en la segunda lectura (cf Gál 4,4-7). Ella es la mujer que recupera la figura de la primera mujer en el paraíso, la mujer de las bodas de Caná, la mujer del Calvario, la mujer del Apocalipsis, rodeada del sol, con la luna bajo sus pies, llena de estrellas, que está a punto de dar a luz.

 

Esta es la mujer que aparece en el Tepeyac, con símbolos del Apocalipsis y de la cultura de nuestro pueblo náhuatl. Ella es “la madre del amor, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza”. En ella “está toda la gracia del camino y de la verdad, toda esperanza de vida y de virtud”. Sus “flores son producto de gloria y de riqueza”, como dice la primera lectura de nuestra Misa (Sir 24,23-31).

 

Por todo ello, cantamos en el salmo: “Que te alaben, Señor, todos los pueblos. Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora”.

 

Resalto el detalle tan amoroso de nuestra Madre, que no sólo escoge a un náhuatl, Juan Diego, expresión de un pueblo pobre y oprimido, que se siente marginado, despreciado y sin esperanza, que no se valora ni se tiene confianza, que dice ser cola y escalera para que otros lo pisen y suban, que se considera que nada vale ante los grandes de la tierra. Nuestra Virgen de Guadalupe, con un amor evangélico por lo que el Papa Francisco llama las periferias, los descartados, los desechos de la humanidad, le habla a Juan Diego en su propio idioma, el náhuatl. Ese no era el idioma que ella sabía y usaba en Nazaret, el arameo, sino el de su interlocutor. No le impone su propio idioma, sino que asume el de Juan Diego. Tampoco le habla en el idioma de los conquistadores. ¡Qué gran detalle de esta querida Madre! Le da toda la importancia y el valor tanto al mismo idioma, como a todas las expresiones culturales de Juan Diego y de su tiempo. ¡Cómo no querer a esta nuestra Madre de Guadalupe, si ella nos ha querido tanto! ¡Cómo no sentirnos sus hijos y, por medio de ella, hijos del eterno Padre!

 

Por todo ello, podemos repetir con el salmo: “Que te alaben, Señor, todos los pueblos. Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora”.

 

En contraste, muchos de nosotros, durante mucho tiempo, no hemos seguido el ejemplo de la Madre de Guadalupe, salvo honrosas excepciones. En vez de aceptar, respetar, valorar y promover la cultura de nuestros pueblos originarios, en particular su idioma, los hemos despreciado, infravalorado; los hemos calificado de dialectos, como si fueran una subcultura. Muchos mexicanos quisieran que no existieran más los indígenas; quisieran desecharlos, descartarlos, que fueran sólo un recuerdo de museo. No los conocen; por eso no los valoran ni les dan su lugar.

 

Es una pena, una vergüenza, una injusticia, que hasta ahora el pueblo náhuatl no tenga una Biblia católica, aprobada por la Conferencia Episcopal. Se han hecho esfuerzos aislados, por parte de agentes de pastoral que tienen un corazón sensible a los derechos del pueblo. Algunos han empezado a traducir partes de la Biblia, pero a veces con la incomprensión de presbíteros, religiosas, del mismo pueblo y aún de algunos obispos. Les dicen que para qué pierden su tiempo, que eso para qué sirve, que esos idiomas están condenados a desaparecer, ante la invasión de la neocultura globalizante y uniformante. Que el Señor nos perdone este grave pecado de omisión. Que el Espíritu Santo, por intercesión de nuestra Madre, nos ayude a pagar pronto esta deuda que tenemos y que demos los pasos necesarios para lograr pronto una traducción de la Biblia que sea católica, confiable, digna, aprobada por nuestra jerarquía.

 

De igual manera, es una pena que aún no tengamos una traducción oficialmente autorizada para las celebraciones litúrgicas en náhuatl, de todos los sacramentos, particularmente de la Santa Misa. Hemos dado los primeros pasos para ello, pero aún nos falta mucho camino por recorrer.

 

Hace poco más de cuatro años, aquí mismo, a las plantas de nuestra Madre, con el trabajo arduo y sacrificado de los traductores de diversas diócesis y congregaciones religiosas, empezamos la elaboración de los textos litúrgicos que hoy utilizamos. Han sido asumidos en forma consensuada por las diferentes regiones donde se habla este idioma en el país. Es la primera vez que, en esta Basílica, se celebra la Misa completa en náhuatl, con permiso del Sr. Cardenal Norberto Rivera. Demos gracias al Señor y a nuestra Madre, y agradezcamos también a los traductores aquí presentes.

 

Pronto presentaremos esta traducción, con algunas precisiones, al episcopado mexicano, para solicitar su aprobación, y después daremos los pasos necesarios ante la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en Roma, aunque el Papa Francisco nos ha dicho en dos ocasiones que procedamos con más libertad en este asunto.

 

Dios quiere hablar a los pueblos en su propio idioma. Del arameo y del hebreo, se sintió la necesidad de traducir la Biblia al griego, y luego al latín, que era lo que hablaba la mayoría de la gente donde se iba estableciendo la Iglesia. Después, la Biblia ha pasado a los diversos idiomas del mundo. Desde hace cincuenta años, el Concilio Vaticano II ordenó que la Biblia y la liturgia se hicieran en los idiomas de los pueblos. Pero parecía que lo que hablan los pueblos originarios no mereciera la categoría de un idioma. Lamento que hayamos tardado tanto en sentir la necesidad de que la Palabra de Dios se traduzca a los idiomas de nuestros pueblos, y que las celebraciones litúrgicas, en que Dios quiere acompañar a sus hijos, se comprendan y se vivan en la propia cultura. Al respecto, dice el Documento de Aparecida: “Como Iglesia, que asume la causa de los pobres, alentamos la participación de los indígenas y afroamericanos en la vida eclesial. Vemos con esperanza el proceso de inculturación discernido a la luz del Magisterio. Es prioritario hacer traducciones católicas de la Biblia y de los textos litúrgicos a sus idiomas” (No. 94).

Este servicio de traducción no es por una afición académica, ni por una curiosidad etnológica, ni por dinero, ni por publicidad eclesial, ni por demagogia, sino para que el pueblo náhuatl tenga vida, la vida que Dios mismo le ha dado, y que parece irse perdiendo. Dios sembró aquí la cultura náhuatl, y sería una irresponsabilidad de nuestra parte dejarla perder. La Iglesia, a pesar de sus limitaciones y errores del pasado y del presente, quiere estar cerca de estos pueblos, amenazados en su misma existencia. Tienen valores en los que, como ha dicho el Papa Francisco, “hay que reconocer mucho más que unas «semillas del Verbo», ya que se trata de una auténtica fe católica con modos propios de expresión y de pertenencia a la Iglesia. Una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y de solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con una mirada agradecida” (EG 68).

Es a lo que nos anima nuestra Madre, cuando se nos dice en la primera lectura de la Misa que ella es “la madre de la santa esperanza”. En ella “está toda esperanza de vida y de virtud”.

 

Es lo que el pueblo náhuatl necesita: esperanza. Es lo que nuestros pueblos originarios necesitan: esperanza. Tienen historia, tienen cultura, tienen presente y tienen futuro. No están condenados a desaparecer. No tienen por qué avergonzarse de su riqueza cultural. Animémoslos a valorar lo que Dios y la Virgen quieren para ellos. No son desechos en nuestro país. No son descartables. No son signo de atraso. Son esperanza. Tienen mucho que aportar a la sociedad. Dios, la Virgen y la Iglesia los necesitamos. Mexico no es México sin ellos. Ellos somos nosotros.

 

Perdónenos por el olvido al que los hemos condenado. Perdónenos por no darles el lugar que Dios y la Virgen les han dado. Perdónenos por no valorarlos como lo hizo nuestra Madre de Guadalupe.

 

Pidamos al Espíritu Santo que nos colme de sus dones, para que haya un nuevo Pentecostés, donde la diversidad de lenguas aclame las maravillas del Señor. Pidámosle que haya más sacerdotes, religiosas, obispos y demás agentes de pastoral, con un corazón más cercano a ustedes. Pidámosle que encarne a Jesús en nosotros, para que, como hizo saltar de gozo a Juan Bautista en el seno de Isabel, nosotros seamos portadores de gozo, de fiesta, de esperanza, de vida, para los pueblos originarios. Como Juan Diego se sintió tan feliz, que decía que ya estaba en el cielo.

 

La Virgen de Guadalupe nos sigue visitando hoy, como visitó a Isabel. Ella nos trae a Jesús, su hijo, que se hace Eucaristía, pan partido, sangre derramada, para la vida de su pueblo. Comulguemos con Jesus, comulguemos con María, comulguemos con nuestro pueblo. Amén.


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